Lo que dicen de vos no define quién sos
Si alguien te grita que sos un auto, te reís. ¿Por qué otras palabras sí duelen? Una reflexión sobre lo que dicen los demás, lo que sos vos y cuánto poder les das.
Imaginá que caminás por la calle y alguien se te acerca, muy enojado, y te grita: «¡Sos un auto!».
Lo más probable es que no te ofendas. Quizás te rías, quizás mires alrededor para ver si le hablaba a otra persona, quizás pienses que tuvo un mal día. Lo que no vas a sentir es esa puntada en el pecho que aparece cuando alguien te dice «sos un egoísta» o «sos un incapaz».
¿Por qué? Porque sabés con total certeza que no sos un auto. No hay ninguna duda en tu cabeza, y la frase rebota porque no encuentra dónde engancharse.
Esa escena me gusta porque muestra algo que solemos olvidar: lo que dicen los demás no cambia lo que somos. Puede cambiar cómo nos sentimos en ese momento, pero no define nuestra identidad, y tiene menos poder sobre nosotros del que le damos.
Las palabras de otros son información, no una sentencia
Cuando alguien te dice «sos un desastre», esa frase te cuenta algo, pero no necesariamente sobre vos. Te cuenta cómo te ve esa persona en ese momento, con el ánimo que tiene, con lo que le pasó ese día y con la historia que trae con las personas como vos. Es un dato sobre su mirada.
Lo que sos, en cambio, se construye de otra manera: con lo que hiciste, con lo que elegís cada día, con lo que aprendiste de los errores. Es algo que vos conocés desde adentro, con mucha más información de la que tiene cualquiera que te cruza una tarde.
Una opinión ajena se vuelve parte de tu identidad recién cuando la aceptás. Hasta ese momento es solo eso: una opinión.
Por qué algunas palabras sí pesan
Si «auto» no duele y «incapaz» sí, la diferencia no está en qué tan fuerte lo dijeron. Está en lo que pasa adentro. A veces, en algún rincón, hay una duda: ¿y si tiene razón? Otras veces hay algo más viejo, un momento anterior en el que alguien nos dijo algo parecido y todavía pesa.
Así, el poder que tiene una frase ajena es, en buena parte, el crédito que le damos. No del todo, porque hay palabras que hieren aunque estemos seguros de quiénes somos. Pero mucho más de lo que imaginamos.
Cómo recuperar ese poder
No se trata de volverse una persona a la que nada le importa. Se trata de conocerse lo suficiente como para que las palabras ajenas pasen por un filtro antes de llegar a adentro. Hay tres preguntas que ayudan:
- ¿Qué dijo exactamente? Las palabras, no la intención que imagino detrás. Muchas veces dijo menos de lo que escuché.
- ¿Qué sé yo de esto, con hechos? Si la frase fue «sos un irresponsable», escribí tres cosas concretas que contradigan esa etiqueta. Si no encontrás ninguna, quizás hay algo para mirar. Si las encontrás, la frase pierde fuerza.
- ¿Cuánto crédito le doy a esta persona? No todas las opiniones pesan igual. La de alguien que te conoce y te quiere no es la misma que la de alguien que te cruzó en un mal momento.
Si querés profundizar en la diferencia entre un error y lo que sos, está la nota Separar el error de quién sos.
Dónde se queda corta la idea
Sería cómodo concluir que todo lo que nos dicen es ruido. No lo es.
- Hay críticas que valen oro. Que lo que digan los demás no defina quién sos no significa que no puedas aprender de una observación honesta sobre algo que hiciste. Se escucha la conducta, y se deja afuera la etiqueta sobre tu persona.
- Poner un límite es legítimo. Podés estar seguro de quién sos y aun así sentirte mal cuando alguien te falta el respeto o te humilla. Eso no es falta de autoestima: es una reacción razonable ante un mal trato. Y no hace falta quedarte en un vínculo donde te insultan seguido.
- Hay heridas que pesan más que tres preguntas. Si una frase te remueve algo muy viejo o muy grande, conversarlo con un profesional de la salud mental puede ayudarte más que cualquier imagen.
Lo que me llevo
Me quedo con la idea de que lo que dicen los demás no define quién soy y no tiene tanto poder sobre mí. Lo que sí puedo hacer es escuchar con atención lo que me sirve, dejar pasar lo que no, y acordarme de que mi identidad la conozco yo mejor que nadie.
Para pensar
Acordate de la última frase que te hizo hervir. Ahora imaginá que, en lugar de eso, te hubieran dicho «sos un auto». ¿Qué tenía la frase real que la hizo distinta? La respuesta suele ser una pista de lo que todavía necesitás mirar con más cariño.